Algunos meses atrás, Bolivia era un infierno.
El país corría riesgo de sufrir una
guerra civil, de quedarse aislado del mundo, de
entrar en una crisis institucional sin precedentes
y otras decenas de desvaríos auspiciadas
por los grandes medios de comunicación, fervientes
opositores al gobierno de Evo Morales y representantes
de la derecha más recalcitrante de Bolivia.
Los ánimos se calmaron hace dos semanas,
cuando el presidente de Bolivia logró el
acuerdo con las petroleras, en el marco del proceso
de nacionalización de los hidrocarburos.
Asimismo, la refundación de la Corporación
Minera de Bolivia (Comibol) y las medidas para poner
fin a los graves conflictos entre cooperativistas
y sindicalizados en Huanuni, rompieron con el marco
de tensión que se intentaba imponer desde
algunos sectores. De hecho, la verdadera demostración
de gestión del presidente Morales, mereció
el elogio de la oposición, obligada por los
hechos a saludar las medidas.
Pero el idilio no podía durar demasiado.
El fin de semana pasado dirigentes de seis de los
nueve departamentos bolivianos anunciaron que romperán
el diálogo con el gobierno nacional. Se trata
de las provincias de La Paz, Santa Cruz, Cochabamba,
Tarija, Pando y Beni, opositoras al gobierno del
Movimiento al Socialismo (MAS). En este caso se
renuevan las excusas, pero no el trasfondo de la
cuestión: ante cualquier avance del gobierno
de Morales, que ponga en peligro la concentración
de poder que históricamente ha tenido la
derecha en Bolivia, aparecen las amenazas.
Son tres los puntos cruciales por los que los seis
estados opositores pretenden cortar las relaciones
con el gobierno.
El primero de ellos es el anteproyecto de Ley de
Fiscalización a los Prefectos, que el presidente
Morales entregó este lunes a su vicepresidente,
Alvaro García, para que se trate en el Congreso
Nacional. La norma está orientada a la fiscalización
de las autoridades departamentales, y pretende controlar
a los funcionarios y sus gestiones, sobre todo en
materia económica. Según el Presidente,
el proyecto se debe a que con la nacionalización
de los hidrocarburos ha aumentado los ingresos en
los departamentos, y debe controlarse que sean bien
administrados.
Los sectores opositores argumentan que esta ley
forma parte de un plan de gobierno para deshacerse
de los prefectos, y con todo aquel que no pertenezca
al MAS. Sin embargo, se olvidan que, tal cual lo
declaró el presidente Evo Morales, “las
prefecturas siguen siendo parte de la estructura
del Poder Ejecutivo”, y deben estar sujetas
al control de la sociedad.
Hay que recordar que la Constitución en
vigencia faculta al presidente a designar a los
prefectos, que son sus representantes en las regiones.
En enero de 2005 y luego de concentraciones en Santa
Cruz de la Sierra, el ex presidente Carlos Mesa
emitió un decreto en el que llamaba a la
elección de prefectos por voto directo y
que comprometía al presidente a aceptar la
voluntad popular. Pero esto no determinó
de ninguna manera una división entre el Ejecutivo
y los departamentos.
Volviendo al proyecto de ley, el asunto más
conflictivo es la potestad que tendría el
gobierno para censurar a los prefectos, esto es
obligarlos a presentar su renuncia al presidente
en caso de determinarse algún tipo de administración
fraudulenta. Pero en cualquier caso, como explicó
el viceministro de Descentralización, Fabián
Yaksic, “la censura a la labor de los prefectos
se realizará a través de las cámaras
de diputados y senadores a simple iniciativa de
los legisladores o los consejos departamentales”,
lo que garantiza que las medidas no serán
de ninguna manera arbitrarias.
El segundo punto criticado por los sectores opositores
al gobierno de Morales es la aprobación del
artículo 71 del reglamento de Asamblea Constituyente,
referido al sistema de votación para la aprobación
del texto constitucional. El mismo determina que
todos los puntos serán aprobados por mayoría
absoluta, y sólo el texto final necesitará
de dos tercios de los votos de los constituyentes.
Este es un tema que desde que comenzó la
Constituyente encendió a la derecha opositora,
que defiende la postura de que todos los artículos
deben aprobarse por dos tercios de los votos, frente
a la voluntad del MAS de que los artículos
se aprueben por la mitad más uno, mayoría
que tiene garantizada dentro de la Asamblea.
La oposición continúa argumentando
que se trata de una medida autoritaria, pero no
considera que el documento final tendría
que ser aprobado por dos tercios de los constituyentes,
y finalmente sería convocado un referéndum
para que sea el pueblo boliviano el que ratifique
o rectifique la nueva constitución de Bolivia.
En este caso, la respuesta de los seis estados
no sólo fue romper el diálogo con
el gobierno, sino que agregaron amenazas con cortes
de rutas, presentaciones ante la Organización
de Estados Americanos (OEA), huelgas de hambre y
reuniones para “tomar medidas”, en caso
de que no se revea el artículo 71.
En rigor de verdad, se ve a las claras que la defensa
de los dos tercios de los votos, es en realidad
la voluntad de hacer más fuerte a la bancada
opositora, encabezada por el partido Podemos, que
cuenta sólo con 72 asambleístas. Su
voluntad es trabar cualquier artículo incluido
dentro del documento que no se corresponda con sus
intereses, aún cuando la propuesta provenga
de un gobierno elegido democráticamente y
que representa a las mayorías.
Finalmente hay un tercer punto que irrita a varios
sectores de la derecha, sobre todo a la denominada
“media luna sediciosa”, que son aquellos
estados que pretenden la autonomía. Se trata
del proyecto del gobierno para modificar la ley
del Servicio Nacional de Reforma Agraria, conocida
como INRA, e impulsar así el proyecto de
reparto de tierras a familias pobres.
Los sectores del oriente rico, donde se concentran
los bastiones de la derecha opositora, son los mismos
sectores latifundistas que están en contra
de las medidas agrarias impulsadas por el gobierno
de Morales. Si bien sobre este tema no ha habido
pronunciamientos concretos, durante la semana se
realizaron varias movilizaciones de grupos indígenas
al senado (donde la oposición controla la
mayoría) para que se aprueben rápidamente
las modificaciones a la ley.
La medida de romper el diálogo con el gobierno
no es caprichosa. Tampoco lo son las amenazas de
sedición, de cortes de rutas y las denuncias
sin fundamento. Los seis departamentos opositores
siguen su carrera para poner piedras en el camino
de la gestión de Morales, y representan los
fósiles de una vieja Bolivia que no se resiste
a morir: la Bolivia de Sánchez de Losada,
la Bolivia colonial, la Bolivia de la renta a favor
de las petroleras y un pueblo hambreado. Mientras
tanto, Evo Morales sigue ejecutando todo aquello
que prometió en su asunción, y sigue
haciendo aquello para lo que el pueblo lo votó:
gobernar.