SAN PABLO.- Tras haber salido indemne del último
debate -de una serie de cuatro- frente a su rival,
el socialdemócrata Geraldo Alckmin, nada
parece detener ya al presidente Luiz Inacio Lula
da Silva en su camino a la reelección, que
podría concretarse mañana, cuando
más de 125 millones de brasileños
acudan a las urnas para definir la segunda vuelta
electoral en el país más grande de
América latina.
En el debate reinaron esta vez más las propuestas
que las acusaciones cruzadas, y su resultado podría
ser definido como un empate. Esto, en definitiva,
favoreció a Lula, que tiene 23 millones de
votos de ventaja y cuya victoria ya está
virtualmente anunciada.
Los candidatos se enfrentaron en un formato inusual.
De pie, uno al lado del otro y circulando por el
estudio, respondieron inicialmente preguntas de
electores indecisos seleccionados por el instituto
Ibope. Cada uno traía una pregunta concreta.
Así, el candidato apretaba un botón
que definía el elector que haría la
pregunta y, por lo tanto, también la pregunta.
Lula, con una ventaja cómoda y que horas
antes había prometido "unir al país
y castigar a los corruptos", en alusión
a los escándalos que sacudieron a su gobierno,
se mostró más desenvuelto. Cuando
un elector preguntó sobre el problema de
inundación que sufre en su casa, el presidente
dijo que sabía lo que era eso, porque vivió
en "Vila Carioca, en San Pablo, y en todas
mis casas el agua llegaba a un metro y medio".
En el cruce más fuerte, Alckmin acusó,
señalando a Lula: "Compraron diputados,
está probado. El dinero fue depositado en
la cuenta. No es posible que un gobierno no sepa
qué es lo que pasaba en la cocina de al lado".
Lula respondió: "La corrupción
en este país comenzó a ser combatida
por nosotros".
Alckmin volvió a hacer eje en dos temas
principales: el bajo crecimiento del país
-"Brasil es el que menos creció en América
latina, si exceptuamos Haití"- y la
corrupción.
Mientras Alckmin respondía o formulaba una
crítica, Lula circulaba por detrás,
con una sonrisa. Y, en determinado momento, por
intentar una ironía contra el candidato socialdemócrata,
cometió una gaffe . Dijo: "Los debates
son buenos, porque cada uno puede decir lo que quiere,
sin asumir responsabilidades".
En un trecho del debate, que continuaba al cierre
de esta edición, Alckmin criticó los
impuestos excesivos de las empresas al sistema de
seguridad social. "Voy a reducir las contribuciones
para estimular más el empleo en blanco. Más
de la mitad de los trabajadores brasileños
están en negro", denunció.
Lula, que cumplió ayer 61 años, despertó
con el regalo de una nueva encuesta que lo muestra
con 23 millones de votos por delante de su adversario.
Según Ibope, tendría el 62% de los
votos válidos, contra el 38% de Alckmin.
Trescientos militantes fueron a saludar al presidente
al Palacio de la Alborada, la residencia oficial,
en Brasilia. Lula salió y comió dulces
-chupetines con la forma de la estrella del PT-
con la gente. Prefirió mostrar humildad sobre
el resultado de mañana.
"Nada está decidido; estamos en una
posición importante, pero creo que hay que
esperar hasta mañana a las cinco de la tarde
para saber qué es lo que va a pasar en Brasil",
dijo.
Cuando los periodistas le preguntaron cuál
era el regalo que esperaba, Lula dijo que le pedía
salud a Dios. "Le pido a Dios salud, porque
el resto uno lo conquista." Y luego confesó
su deseo de vivir al menos hasta los 80 años:
"Me lo paso imaginando... ¿Dios me dejará
llegar? Si me lo permite, estaré agradecido
de por vida".
Amplitud
Lula está en uno de sus mejores momentos
políticos de los últimos tiempos.
Amplió la ventaja que tenía en la
primera vuelta en relación con Alckmin, de
7 a 23 millones de votos; logró despegarse
del escándalo del "dossier" -episodio
en que dirigentes del PT se involucraron en la compra
de documentación con acusaciones falsas contra
la oposición.
Su gestión tiene, según el Instituto
Datafolha, la mayor evaluación positiva de
sus cuatro años de gobierno y de todos los
presidentes desde 1990. Alcanzó 53 % de excelente
o bueno, 31 % de regular y 15 % de malo o pésimo.
El debate de ayer tenía pocas posibilidades
de afectar decisivamente en las elecciones de mañana.
La oposición ya había avisado que
no tenía ningún "as en la manga",
pero además Ibope registró que hasta
el jueves el 86 % de los electores ya estaba decidido
a no cambiar de voto.
De cualquier forma, el debate de ayer tenía
el peso de ser el último, lo que les daría
a las palabras dichas por los candidatos -más
aún a las de Lula- la fuerza de un compromiso
para el nuevo mandato.
A diferencia de las elecciones del 2002, marcadas
por la agitación del establishment durante
la entonces inminente elección de un candidato
que traía consignas de izquierda, el mercado
financiero práctiamente ignoró las
elecciones. El patriarca del Banco Itaú,
Olavo Setubal, definió a los dos candidatos
con ironía: "Son los dos igualmente
conservadores".
Y la sociedad brasileña vive el penúltimo
día antes de la elección con la tranquilidad
de una partida que se ve ya sabiéndola definida.