Crisis
energética
El sorprendente período de expansión de la
economía mundial, que va para cumplir cinco años
de un crecimiento sincrónico de las diferentes zonas
del globo, pone en tensión el sistema de abastecimiento
energético. El motor de la locomotora del capitalismo
que avanza a velocidad es alimentado por diferentes fuentes
de energía que presentan distintas complejidades en
cuanto a recursos y usos. Esa marcha se enfrenta a un problema
de restricciones en la oferta ante una demanda creciente.
Ante esa dificultad, casi todos los países disponen
medidas como parte de una política integral para enfrentarla.
Entre varias de las iniciativas conocidas, por caso, Uruguay
y Brasil suben el precio de los combustibles, en Europa cambian
el horario para un uso racional de la energía y se
alienta la producción de biocombustible, Alemania lidera
la inversión en energías alternativas como el
hidrógeno, España impulsa la eólica en
la zona de Galicia, China construye monumentales centrales
hidroeléctricas (la más grande del mundo, las
Tres Gargantas sobre el río Tangtsé) y realiza
acuerdos de abastecimiento con los principales países
petroleros y Estados Unidos consolida la política de
reservas estratégicas con su stock de intervención,
además de invadir a Irak. Las compañías
privadas aumentan las inversiones en explotaciones de yacimientos
off shore y en avances tecnológicos para mejorar los
factores de recuperación de pozos maduros. También
se han incrementado los fondos destinados a uno de los cuellos
de botella más relevantes del negocio de los combustibles,
que consiste en la capacidad de las refinerías que
no dan abasto para procesar el crudo requerido por el mercado.
En concreto, en el mundo se reconoce que existe un problema
y, por lo tanto, que se necesitan soluciones. A ese problema
se lo denomina crisis energética. Y Argentina no está
ajena a esa crisis.
Después de tantos y traumáticos golpes padecidos
por la sociedad a lo largo de los últimos treinta años,
es comprensible que la palabra crisis quiera ser esquivada
por el Gobierno. Pero, a esta altura, es ingenuo pretender
ocultarla. Más aún cuando las crisis no son
todas iguales. Los cortes de luz durante el gobierno de Raúl
Alfonsín, además de las desfavorables cuestiones
climáticas, fueron consecuencia de la desinversión
pública e ineficiencia en la gestión estatal.
La ciudad a oscuras y los generadores en las puertas de los
locales e industrias eran síntomas de la decadencia
económica. En cambio, ahora, la crisis tiene un origen
opuesto al nacer del fuerte proceso de crecimiento económico
a tasas del 9 por ciento anual en los últimos cuatro
años, y que proyecta seguir a un ritmo menor pero igualmente
intenso en el 2007. Se trata de una crisis generada por el
crecimiento, no por una debacle. No es un signo de debilidad,
al cual el Gobierno no quiere quedar asociado y, por ese motivo,
está obsesionado en evitar la palabra crisis en el
universo mediático. Por el contrario, se trata de una
muestra de fortaleza de su política económica.
Además, está en una posición relativa
mejor en relación con otros países (por disponibilidad
de fondos y de diversidad de fuentes energéticas) para
encontrar caminos para superar las restricciones por el lado
de la oferta.
Pese a ese escenario favorable resulta evidente que algo
no se hizo del todo bien para llegar a un estadio del sistema
energético al borde del colapso. En apenas un mes se
sucedieron una serie de medidas que reflejan por un lado que
el Gobierno se hace cargo del problema, pero por otro revela
que por parte del Ministerio de Planificación hubo
imprevisión, modorra, aplicación de parches
o excesiva fe de que las soluciones vendría del sector
privado en forma espontánea confiados en una imprecisa
alianza estratégica. Las iniciativas de centrales nucleares,
de elevación de la cota de Yacyretá, de las
construcciones de centrales termoeléctricas y los proyectos
de nuevas represas hidroeléctricas tienen tiempos de
maduración más o menos largos, pero ninguno
brinda una respuesta de corto plazo para satisfacer una demanda
creciente. ¿Por qué se esperó tanto para
lanzar esos proyectos? Es una pregunta que no encuentra respuesta
satisfactoria en los despachos oficiales. Ante una tardía
estrategia para incrementar la oferta aparecen las restricciones
ineludibles por vía de la demanda, que abren las puertas
al poderoso lobby energético. También a medidas
de urgencia que provocan más costos políticos
que el de reconocer que el crecimiento acelerado desemboca
en una crisis energética, del mismo modo que le pasa
a la mayoría de los países.
La más reciente expresión de ese lobby se concretó
a mediados de semana cuando la Cámara de Diputados
dio media sanción al proyecto de incentivo fiscal a
la exploración petrolera. Esa norma resulta una peculiar
utilización de recursos públicos a través
de beneficios con el IVA, Ganancias y exenciones en el pago
de los derechos de importación. Las petroleras son
compañías con una rentabilidad elevadísima
por factores internacionales conocidos. Y para que realicen
inversiones que no hicieron en su debido momento toda la sociedad
tiene que destinar fondos, que se podrían sumar a rubros
más sensibles del presupuesto nacional, para que un
sector con ganancias extraordinarias tenga ánimo de
invertir.
Por ese motivo, resulta indispensable contextualizar la actual
crisis energética y precisar responsabilidades compartidas
del sector privado y el Gobierno. Los primeros, a través
de “analistas energéticos” –que imitan
la misma función de desinformar que asumieron los economistas
de la city–, expresan los reclamos de las empresas,
que consisten, básicamente, en que la falta de inversión
se debe a tarifas atrasadas que no permiten una rentabilidad
adecuada. También hacen hincapié en la ausencia
de previsión estatal por no enviar “señales”
de largo plazo con un horizonte creciente de precios. “En
esa posición se mezclan argumentos falaces y otros
parcialmente válidos”, apunta el experto Roberto
Kozulj en uno de sus trabajos de investigación. Explica
que “en la primera categoría (falacias) se hallan
los que presumen la conexión automática entre
rentabilidad e inversión y los que señalan una
pérdida indiscriminada por parte de las empresas como
consecuencia del ‘cambio unilateral de reglas de juego’”.
Kozulj señala que en la segunda categoría “se
halla, obviamente, la imprevisión estatal”, deficiencia
que no se encuentra en la definición de tarifas, sino
que –destaca– “se remonta al comienzo mismo
del ciclo de privatización en los noventa”. Desde
entonces se establecieron las reglas de juego del mercado
energético en todos sus segmentos, “librando
el proceso de expansión a reglas de mercado bajo el
supuesto de que ellas, por sí mismas, lo resolverían
de un modo óptimo”.
La histeria por la falta de gasoil, los ocultos cortes de
electricidad en el interior del país y la autorregulación
de la energía eléctrica por parte de la industria
son algunas de las manifestaciones de un sistema que está
funcionando al límite. En ese complejo panorama, la
ecuación básica y esencial pasa por contar con
energía abundante para no detener el actual proceso
de crecimiento. Entonces, las soluciones a las restricciones
de oferta se encuentran en si todo el sector energético
percibe que si no invierte las pérdidas pueden ser
mayores que las ganancias obtenidas por medio de su influyente
lobby. Y, a la vez, si el Estado asume con firmeza el control
de la crisis aun a riesgo de debilitar ciertas alianzas estratégicas.
G-7 contra China
Los ministros de Finanzas de los siete países más
ricos del planeta, el G-7, tratarán de presionar a
China para convencerla de revaluar su moneda, en la reunión
previa a la cumbre anual del FMI y el Banco Mundial que sostendrán
hoy en Singapur. Pekín mantiene el yuan a un nivel
bajo respecto de otras monedas. Esa política monetaria
le permite impulsar sus exportaciones por el mundo entero
y su propio crecimiento, alimentando las acusaciones de competencia
desleal por parte de otros países. En su reunión
anterior de abril en Washington, los ministros de Finanzas
y los gobernadores de los bancos centrales (Alemania, Canadá,
Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón)
ya habían elevado la voz, al pedir una “mayor
flexibilidad” esencial del régimen de cambio
chino.
Irán asusta a Israel
Irán se convirtió en la principal amenaza para
Israel. “Irán, y no los palestinos, representa
una amenaza estratégica, ya que puede amenazar nuestra
existencia”, aseguró Shlomo Mofaz, un coronel
de reserva y asesor de Tel Aviv en la lucha antiterrorista.
Mofaz no fue el único experto que advirtió sobre
Teherán en la conferencia anual sobre el terrorismo,
que se realizó en Israel ayer. “Al lado de los
iraníes, los palestinos constituyen una amenaza mucho
menos importante”, coincidió Raymond Tanter,
profesor de la universidad estadounidense de Georgetown y
especialista en Irán. El año pasado esta conferencia
dedicó buena parte de sus discusiones a Hamas, a la
Yihad Islámica y a otros grupos armados radicales palestinos.
Este año, ninguno de ellos figuraba en el programa.
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