Tabaré
Vázquez: ¿De progre a mercenario?
Hoy obtuvimos el beneplácito del presidente Lula
para continuar las negociaciones”, aseguró el
presidente uruguayo, Tabaré Vázquez, tras la
reunión que mantuvo, el pasado viernes, con su homologo
brasileño, Luiz Inacio Lula da Silva. El encuentro
fue en Canoas, ciudad del estado Río Grande del Sur,
y el motivo, debatir sobre la firma de un Tratado de Libre
Comercio (TLC) entre la República Oriental del Uruguay
y Estados Unidos.
Tabaré consiguió, en parte, lo que buscaba:
el mismo permiso que le fue otorgado en 2004 para la firma
de un TLC con México, en esa ocasión el Mercado
Común del Sur (Mercosur) hizo caso omiso de las reglas
del bloque regional formado en 1991, según las cuales
no es posible la concreción de ningún tratado
bilateral con un país externo al grupo.
Sin embargo, el resultado favorable de la reunión
con Lula Da Silva, presidente temporal del Mercosur, no asegura
el éxito definitivo de las tratativas con Washington,
ni licencia total para estrechar relaciones comerciales con
India y China. El gobierno uruguayo debe resolver primero,
y sobre todo, las oposiciones y conflictos que este asunto
despierta hacia el interior del país.
La central sindical PIT/CNT junto con la Organización
de Jubilados y Pensionistas y la Federación Uruguaya
de Cooperativas de Vivienda, por Ayuda Mutua entre otras organizaciones
sociales, instalaron la Comisión en Defensa de la Soberanía,
la cual funcionaría en la sede de Federación
Ancan. Según declaraciones de Juan Castillo, secretario
de Organización del PIT-CNT, el objetivo no es oponerse
a la firma del TLC, sino informar al pueblo de Uruguay y dar
cuenta de las similitudes que estos tratados poseen con el
proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas
(ALCA).
Por su parte, militantes de la Columna Artiguista de Liberación
y la Coordinación de Organizaciones Antiimperialistas,
convocaron a una movilización en Montevideo, en la
explanada de la Universidad, para expresar su desacuerdo respecto
a la firma de un TLC con el país norteamericano. Encuentran
en el gobierno de Vázquez un giro decisivo hacía
políticas liberales, entre las que enumeran: “el
envío de tropas a Haití, la participación
en las maniobras Unitas (y su continuidad con otro tipo de
ejercicios militares conjuntos), la instalación de
las plantas de celulosa y la extensión del monocultivo
de eucaliptus y el Tratado de Protección de Inversiones
con los Estados Unidos”.
Así mismo, grupos ambientalistas denuncian la amenaza
real que existe sobre Uruguay, no sólo por la contaminación
que indefectiblemente provocará la instalación
de las papeleras, sino también por las consecuencias
que acarrea el monocultivo. Delia Villalba, representante
de un grupo ecologista de Fray Bentos, asegura que: “hay
ocho o nueve plantas proyectadas ¿Ustedes se imaginan
nuestras tierras con las plantaciones de eucaliptus y de pinos
para abastecer a esas plantas de celulosa?” y luego
sentencia: “estamos perdiendo la tierra y ya hay muchos
lugares del país que están quedando sin agua”.
Aunque la superficie total de Uruguay no alcanza los 177
kilómetros cuadrados, este territorio resulta estratégico
para Estados Unidos tanto por la biodiversidad como por su
ubicación geográfica. Como es sabido, para la
administración Bush el ingreso de Venezuela al Mercosur
convirtió al bloque regional en una pieza impredecible
en materia de política económica internacional.
En tanto no sea posible la concreción del Area de Libre
Comercio de las Américas (ALCA), el gobierno norteamericano
busca nuevos aliados que le aseguren el poderío en
la región.
El gobierno uruguayo dio a conocer hace un par de días
un informe de la Comisión Interministerial para Asuntos
de Comercio Exterior, que integran los ministerios de Economía,
Relaciones Exteriores, Ganadería, Industria y Turismo.
En el mismo se da cuenta de los beneficios que traerá
para Uruguay la firma del TLC. Se destaca, sobre todo, un
crecimiento del 200 por ciento en las exportaciones de carne
y productos lácteos.
Los economistas y funcionarios que avalan este informe aseguran
que aún quedan algunos puntos que aclarar, pero que
en general la concreción de un TLC sólo traería
beneficios para el pueblo uruguayo. Agregan que el país
ya cuenta con otros tratados comerciales por fuera del Mercosur
y que estos no han perjudicado la economía regional,
sino todo lo contrario.
Frente a esto, el secretario del PIT/CNT Juan Castillo desmitificó
tan buenos augurios y sentenció: “Uruguay ha
aumentado el volumen de ventas de carne a Estados Unidos porque
Canadá tiene problemas desde hace más de un
año con la vaca loca, porque si no el primer compromiso
de Estados Unidos es con Canadá”.
Así la ley forestal de 1987, las 800 mil hectáreas
de monocultivo de eucaliptus y la instalación de las
dos plantas de celulosa: la española ENCE y la finlandesa
Bosnia, son las diferentes etapas de un mismo proyecto: convertir
a Uruguay en un país productivo, ¿productivo
para quienes?
El gobierno de Vázquez se cansa de nombrar los beneficios
que esta alianza comercial provocará en materia de
exportaciones e importaciones, pero nada dice respecto de
las subvenciones estadounidenses a la producción del
agro, ni menciona el tema de los servicios públicos
y privados, compras gubernamentales y propiedad intelectual.
El incremento sostenido en la venta de carnes, frutas y hortalizas
es el emblema que levanta el presidente uruguayo para enfrentar
a los opositores del TLC. ¿Qué dice el presidente
de la industria del plástico? ¿Y de la farmacéutica?
Tabaré Vázquez no se cansa en repetir todas
las restricciones que soporta el país en materia de
intercambio comercial e incluso no cesa en sus reclamos frente
al Mercosur por favorecer sólo a los dos grandes del
bloque: Brasil y Argentina. ¿Pensará el presidente
uruguayo que un TLC con Estados Unidos le abrirá las
puertas al mundo y a la libre comercialización?
Como frutilla de la torta, la administración Vázquez
dio a conocer la semana pasada un proyecto de reforma del
Estado, el cual se aprobará en septiembre de 2007.
A través de esta reforma el gobierno sostiene que llevará
a delante la desmonopolización de las empresas públicas
a fin de brindar un mejor servicio a la población.
Pero este término, teniendo en cuenta las perspectivas
de la política nacional uruguaya, suena más
a privatización que desmonopolización.
Sensación que se mantiene aún después
de leer argumentos como el presentado días atrás
por un medio uruguayo: “Pero esa postura clara contra
las privatizaciones no debe impedirnos ver la realidad y comprender
que las empresas públicas, mantenidas en la esfera
estatal, nos hacen pagar a los usuarios precios desmedidos
por los servicios que brindan”, sostuvo el diario uruguayo
La República.
América Latina enfrenta una vez más la política
invasiva de Estados Unidos; sus aparentes prodigios y venturas,
igual que aquellos consejos fascinantes que el Fondo Monetario
Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) dieran a los países
subdesarrollados en la década del ‘90. Ese mismo
BM que guió a Argentina hacia la tercierización
de los servicios y las privatizaciones masivas, es el que
hoy hace posible la creación de las papeleras sobre
la costa del Río Uruguay.
Pero la decisión, el resultado de estas operaciones
que llevan años, no está ni en las manos de
Lula Da Silva ni en las de Tabaré Vázquez; aún
menos en las de George Bush. Depende del pueblo uruguayo,
de su lucha por la defensa de los recursos naturales, la soberanía
y la industria nacional. Ecuador es testigo de la fuerza y
poder de decisión y acción de los ciudadanos;
ningún otro presidente estuvo tan convencido como Alfredo
Palacios de la firma de un TLC. El pueblo resistió
y hoy Ecuador no soporta ningún tratado bilateral,
aunque es mejor decir: unilateral.
La conspiración infinita de George
W. Bush
¿Quiénes son y por qué se quejan Thomas
Kean y Lee Hamilton? Presidieron la comisión oficial
investigadora de los atentados del 11 de septiembre de 2001,
en Nueva York y Washington. Acaban de publicar el libro "Sin
precedente: la historia interna de la comisión 11 -
S" y sostienen que la Casa Blanca obstaculizó
su trabajo con infinitas y variadas maniobras de ocultamiento.
Afirman también que el propio presidente George W.
Bush y su vice, Dick Cheney, fueron y son los más empedernidos
silenciadores de lo hechos, y que, en esa tarea, cuentan con
el apoyo de un grupo de asesores encabezado por el actual
secretario de Justicia, Alberto Gonzáles, y por la
mayoría republicana en el Congreso.
Fue Gonzáles el responsable de impedir que se investigue
y discuta aquél informe del 6 de agosto de 2001, firmado
por el entonces director de la Central estadounidense de Inteligencia
(CIA), George Tenet. El título del informe en cuestión
es "Ben Laden decidido a atacar en Estados Unidos"
y, como ya se habrá notado, fue elaborado y elevado
a Bush algo más de un mes antes de los atentados.
No pasará mucho tiempo hasta que Kean y Hamilton se
animen a reconocer en público lo que ya muchas veces
han admitido en conversaciones reservadas: si la comisión
hubiese trabajado con total libertad, sin las obstrucciones
planteadas desde la burocracia del Ejecutivo, los estadounidenses
tendrían la confirmación de que los atentados
del 11 - S fueron parte de la más macabra operación
encubierta nunca antes planificada y ejecutada por un gobierno
de Estados Unidos, dentro de su territorio.
Varios investigadores estadounidenses y de otros países
han trabajado en los últimos años sobre ese
tipo de hipótesis y constataciones. Entre ellos el
prestigioso intelectual demócrata Gore Vidal, autor
del libro "Dreaming Wars".
La primera de esas investigaciones publicadas fue la perteneciente
a quien esto escribe. El libro "Bush & Ben Laden
S.A." (Editorial Norma, Buenos Aires, noviembre del mismo
2001) sostiene y prueba que en la conspiración participaron
en forma coordinada funcionarios de la Administración
y los sectores más concentrados del sistema empresario
corporativo con asiento en Estados Unidos.
Entre ellos, grupos del sector seguros, consorcios financieros
- bancarios y para bancarios -, elementos rectores del complejo
bélico industrial y hasta operadores oficiales dentro
de la estructuras del Banco Mundial y del Fondo Monetario
Internacional (FMI).
Uno de los más activos autores intelectuales de los
atentados fue el entonces número dos del Pentágono,
Paul Wolfowitz, quien - no por casualidad - luego pasó
a ejercer el cargo que aún ocupa, titular del BM.
En el diseño y puesta en marcha del plan participaron
en forma directa Cheney, la por aquellos tiempos máxima
jefa del Consejo Nacional de Seguridad y actual secretaria
de Estado, Condoleezza Rice y el jefe de Wolfowitz, Donald
Rumsfeld, quien continúa al frente de la secretaría
de Defensa.
Como bien recuerda el libro "Los nuevos mandarines del
poder americano", del académico Alex Callínicos,
de la Universidad de York, Wolfowitz perteneció a los
equipos de Richard Nixon Y Ronald Reagan, como embajador en
Indonesia. Fue también el ideólogo de la invasión
a Irak, en 2003, para que, como él dijo, "ese
país deje de nadar en petróleo", y en silencio
trabaja ahora en el diseño de la política de
Washington en Irán.
Wolfowitz fue el discípulo preferido del "gran
pensador" de la Guerra Fría, Albert Wohlstetter;
estudió en la Universidad de Chicago y fue alumno también
de Allan Bloom, "mentor espiritual" de la ideología
neoconservadora o "neocon". Asimismo, con fuertes
vínculos en la ultraderecha israelí, fue el
arquitecto de la actual estratégica alianza que defiende
Bush con Tel Aviv.
Durante la década del ´80, esos cuadros políticos
de la ultraderecha estadounidense, casi todos ellos con el
respaldo de organizaciones sectarias de fundamentalistas cristianos
y judíos, comenzaron a trabajar en un diseño
estratégico apoyado sobre los siguientes pilares.
Control de los resortes políticos de la Administración;
despliegue militar a escala global; recuperación del
control hegemónico absoluto de las grandes reservas
de recursos naturales en todo el globo; reidentificación
de "enemigos" (mundo árabe) y de "hipótesis
de conflictos post Guerra Fría (guerra global contra
el terrorismo"; definición y puesta en marcha
de escenarios políticos y acciones propagandísticas
tendientes a la generación de "opiniones públicas
favorables, tanto doméstica como internacional, a la
consigna confrontación total contra el terrorismo".
Programas de este tipo fueron comentados y elogiados desde
publicaciones neoconservadoras como The Weekly Standard, dirigida
por William Kristol, y se basan en los antecedentes doctrinarios
de Leo Strauss, académico de la Universidad de Chicago,
fallecido en 1973.
Uno de los discípulos de Strauss, Abram Shulsky, tomo
algunos de los ejes teóricos de su profesor para construir
la teoría de lo oculto. "La acción del
gobierno, como gestor de alta política, debe propender
a la búsqueda de consensos por medio de la mentira,
entendiendo a ésta como propaganda, tanto desde el
discurso como desde la acción, incluso cuando esta
pueda aparentar ser opuesta a nuestros intereses y repugnante
a nuestras conciencia", afirmaba Shulsky en una de sus
tantas conferencias ubicables en la biblioteca de la Universidad
de Chicago.
Shulsky inspiró a Rumsfeld cuando éste se decidió
a crear, con el visto bueno de Bush, la llamada Oficina de
Planes Especiales, aparato de poder que tomó estado
público como orientador político de la invasión
e Irak en 2003, pero que en realidad comenzó a operar
en enero de 2001, con su primera misión: "conmover
a la opinión pública estadounidense y mundial,
para comenzar entonces con nuestra estrategia infinita y guerra
global contra el terrorismo".
Nueve meses después el mundo vio en directo los atentados
contra las Torres Gemelas gracias al don de ubicuidad -casi
de carácter divino- que tiene la CNN. Las voces en
privado de Kean y Hamiltón deberían convertirse
en públicas. Y toda identificación entre los
programas revelados en este artículo y las prácticas
políticas del actual gobierno de Estados Unidos en
el mundo - por supuesto también en América Latina
- no es consecuencia de la casualidad. |